Dos maneras de irse.

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Que diferencia es irse con el alma preocupada, agitada, ansiosa, con miedos, con desespero para un viaje que irse alegre, con ilusiones, sueños y tranquila.

Amarillo no supo como ayudar a este corazón y mucho menos a la dueña donde este habitaba.

Irme a Panamá así, ha sido de esas experiencias que no se desea y que uno no debería dejar que se le tire el paseo pero yo con un alma idiota se dejo apoderar del del “amor” e importaculismo para dejar pasarlo al viaje. Por eso que al estar a su lado era más dañino que no estarlo; ahora con otro viaje encima y sin su compañía amarilla el alma se siente en paz, sin ganas de llorar, sin una tristeza que la come en cada salida a las diferentes ciudades, sin el desconsuelo de que no llamen o dejen un mensaje al llegar al hotel, sin la indecisión de una relación que se rige de egos y que llevan a esa estúpida pensadera.

Dejó aquí la constancia de una ingenua e inmadura alma que no sabe parar sentimientos y menos cuando se presenta el evento de un viaje; también para que me sirva de lección y lea esto antes de afligirme tontamente.

Segunda espera.

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Aquí vamos con la segunda breve historia, el contexto paso mientras me devolvía de la casa de una amiga que vive a las afueras de la ciudad y en una parada del bus, encontré a mi segunda victima de la espera…

Miro a un señor desde el bus, con tes trigueña, le han pasado factura los años en su cara y en su cuerpo, lleva un cigarrillo en la mano mientras espera

Lo veo en medio de la carretera, entre un matorral su cuerpo reposa, dejando que el humo se disperse y el cigarro se deshaga observando como pasan los carros con sus afanes y sus pensamientos divagando entre las cuentas pendientes de la casa, el pedido de su esposa, la comida para los niños al llegar a casa. Su trabajo como obrero y como todero no le alcanzan para las demandas que trae una familia y una casa hecha a punta de bareque y barro pero en cada expulsión de tabaco se consolaba al decirse:”-Dios proveerá.”

El bus aun no llegaba y entre el calor de esa tarde después de tener uno de esos “días buenos de camello”, él al terminar la ultima inhalada de su cigarro barato y con las preocupaciones que agobian a un típico campesino de un país que se le hace el ciego para ayudarlo tanto a él como a tantos mas, solo le quedaba la satisfacción de llegar a su casa para encontrar a su mujer y a sus hijos, besarlos y abrazarlos y saber que tenía el mañana para empezar a desvanecer sus preocupaciones.